Hay novelas que no se leen, sino que se sobreviven. Que no se pasan página a página, sino que nos arrastran al centro del torbellino. Así es Sol de medianoche, la ópera prima de Gerardo Steinfeld, una historia que arde en las manos como un secreto maldito y que late como un conjuro en la piel de sus personajes.
Desde su primera línea, Sol de medianoche establece su tono: un lirismo punzante que se adentra en el territorio frágil y salvaje de la adolescencia. En un pueblo ficticio llamado Montenegro —una suerte de Aleph tropical donde convergen las leyendas venezolanas, la mitología ocultista y los demonios de la juventud— tres muchachos, Samuel, Finch y Nelson, intentan sobrevivir no solo a la secundaria, sino también al peso inminente de lo sobrenatural.
Steinfeld construye un universo denso, simbólico y poderoso. Sus páginas iniciales nos introducen en un colegio que se parece demasiado al infierno: bullying, drogas, soledad, padres ausentes y una violencia que no necesita monstruos para ser real. Pero en Montenegro hay también un demonio literal —el del Meridiano— y su aparición rompe la delgada barrera entre lo real y lo espectral.
Samuel, el protagonista, es un adolescente de cabello rojizo y ojos inexplicables. Su mundo está mediado por una sensibilidad casi extrasensorial, capaz de oler el miedo, escuchar lo oculto, intuir la verdad. Vive con su padre, dueño de una perfumería esotérica, entre inciensos, grimorios y reliquias de las artes oscuras. Entre sus compañeros de clase —tan vivos, tan trágicos— destacan Finch, el nihilista pálido; Daniel, el regordete enamorado y humillado; María, la chica enigmática que parece saber demasiado y que arrastra a Samuel hacia un juego peligroso con los espíritus y los secretos del pueblo.
La novela no tiene prisa, pero tampoco se demora. En sus primeras cien páginas establece, con precisión quirúrgica, una tensión creciente que nos lleva desde el drama escolar hasta el horror cósmico. Un exorcismo fallido, una tabla de ouija comprada clandestinamente, una posesión demoníaca en plena aula de clases… y todo narrado con un estilo exuberante, gótico, visualmente hipnótico. Steinfeld no le teme a lo grotesco, ni al exceso. Por el contrario, abraza lo abyecto como parte de la poesía de crecer en un país donde el misticismo popular convive con la desesperanza cotidiana.
Lo más perturbador de Sol de medianoche no es el demonio que habla en latín ni los crímenes sin resolver en las márgenes del pueblo. Es el vacío que dejan los adultos, el terror de crecer sin guía, el miedo a convertirse en aquello que odiamos. La oscuridad no siempre viene de la montaña embrujada —a veces, está en el baño del colegio, o en el silencio de una madre ausente, o en la carcajada de una chica que se burla del llanto de un niño enamorado.
Esta es una novela escrita desde las entrañas. Y se nota. Gerardo Steinfeld, joven autor venezolano, ha parido un libro que mezcla lo mejor del realismo mágico con el horror juvenil a lo Stranger Things, pasando por influencias oscuras que recuerdan a Lovecraft, King y Vallejo. Pero lo que hace única a esta novela es su lenguaje, su tono íntimo y feroz, su apuesta por lo poético incluso en la barbarie.
Gerardo Steinfeld – Sol de medianoche
